Recuerdas el famoso cuento en donde una mujer le pregunta al espejo: ¿Hay alguien más hermosa que yo? Dentro de aquella mujer se escondía: Soberbia, vanidad, arrogancia, pedantería, petulancia, narcisismo, entre otras. Todo resumido en una sola palabra con la que todos luchamos: ORGULLO.

Lo definimos como el exceso de confianza en sí mismo, en lo que decimos y hacemos. Nadie hace las cosas mejor que el ORGULLOSO, nadie. Vive en una burbuja de autosuficiencia y perfección que no admite contradicción a su alrededor.

Sentimos al tratar a un ORGULLOSO un muro invisible pero también lo tóxico que lleva por dentro. Todos merecemos conseguir y conquistar cosas en la vida y hasta ser reconocidos por ellas, pero por ello no podemos pisotear o descalificar a los demás. En mi vida me he tropezado con muchos orgullosos. Saben tanto que carecen de humildad para transmitirlo y tienen temor que otros sepan más que ellos. Así tuve profesores en la universidad, decían a los estudiantes que en unos años íbamos a ser su competencia y por eso no podían enseñarnos mucho.

Espiritualmente he visto orgullosos llenos de conocimiento bíblico pero carentes de amor y sensibilidad espiritual. Es más importante para el orgulloso saber para impresionar, que saber para ser transformado en su corazón. No imitemos ese tipo de personas.

El orgullo aparta a los amigos, rompe relaciones entre hermanos o familia y aún parejas prefieren divorciarse antes que perdonar y no dan el brazo a torcer por orgullo.

“El orgullo de los pequeños consiste en hablar siempre de sí; el de los grandes en no hablar de sí nunca”

Voltaire

Todos hemos discutido o tenido diferencias con alguien y todos hemos luchado si debemos ser los primeros en reconciliarnos. Demos el primer paso siempre. Es una muestra de humildad. No dejemos que el orgullo cobre su cuota y terminemos rompiendo relaciones y molestos con todo el mundo.

RENUNCIA al orgullo en el nombre de Jesús y procura vivir en paz con tu entorno. Que dependa de ti, no de los demás.

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Pr. José Ángel Castilla

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