Una vaca puede llegar a masticar por espacio de media hora, de cuarenta a ochenta veces su bolo alimenticio. Este proceso puede repetirse de diez a quince veces por día. Cuando leía al respecto, surgió un mensaje en mi corazón y tiene que ver con la acción de RUMIAR en la mente, dándole vueltas y vueltas, masticando las cosas que nos pasan una y otra vez.

Nos parecemos a las vacas cuando rumian su alimento. Nosotros a diferencia de ellas, rumiamos nuestros pensamientos cuando no hemos aprendido a descansar en Dios, vivimos presos del afán y la ansiedad o seguimos dolidos y nos cuesta sanar y perdonar, lo que nos han hecho y a quien lo hizo.

Masticar y masticar, pensar y pensar lo mismo amado lector nos lleva a RUMIAR muchas veces y hacernos mucho daño. Podemos estar presos de pensamientos negativos, de control, de celos por las personas o las cosas, depresivos, de temor o de dudas. Tarde que temprano si no trabajamos nuestros pensamientos, terminan convirtiendose en nuestras palabras y a corto o mediano plazo, en nuestras acciones.

Un pensamiento que no ha sido llevado cautivo a Cristo se constituye en un foco infeccioso del alma.

El Espíritu Santo nos entrega el dominio propio para poner orden en la casa de tú corazón y de tu mente. Cada vez que el enemigo me ataca con pensamientos negativos, declaro esta poderosa palabra:

No estoy en contra de analizarlo todo e ir a lo profundo de las cosas, pero razonarlo todo es opuesto a la fe y necesitamos que nuestra mente sea cautivada por la Palabra de Dios y libre de toda arrogancia y suficiencia que se oponga a la misma.

Para ser libres de RUMIAR y RUMIAR necesitamos meditar en la Palabra y no en nuestros argumentos. Las personas que se argumentan para hacer las cosas se semejan a ciudades antiguas fortificadas. Necesitan derribar esos muros de pensamiento y abrirse paso a la libertad que nos entrega la Palabra de Dios. Jesús nos instruyó a que conocieramos la verdad, y esta nos hará libres.

Te bendigo. Gracias por leer este post. Comparte a otros y deja tu comentario.

Abrazo fraterno.

Pr. José Ángel Castilla