Experimentar dolor físico o del alma no es fácil ni agradable, para nuestro cuerpo o para el corazón. El Señor lo sabe y conoce mejor que nadie, porque el mismo padeció dolor intenso. Piensa en la corona de espinas puesta sobre su cabeza, los clavos que traspasaron sus muñecas, los latigazos que rasgaron y laceraron su cuerpo. ¡El vivió el dolor extremo como nadie!


El año pasado experimenté un dolor tan intenso y fuerte que me llevó a gritar, porque sentía que mi cadera se me partía en dos. Ese fuerte cólico renal me llevó al quirófano y tener que ser intervenido. Hoy muchos meses después medito en esto: ¿Cuán fuerte es el dolor en el ser humano? Dios no nos diseñó para vivir permanentemente padeciendolo.


Jesús lo sabía por eso cargó en su propio cuerpo el precio de nuestro pecado y eso trajo como recompensa, la sanidad a cualquier enfermedad o dolencia física y emocional que podamos experimentar. En la cruz todo fue pagado y la consecuencia de la resurrección del Señor fue libertad. ¿Qué te duele hoy? Dile adiós a la esclavitud, a la queja, al lloro y al lamento.


David, el dulce cantor de Israel, podía decirle a su alma que alabara al Señor, porque se sentía perdonado, agradecido, colmado de bendiciones y sano. El Señor pone hoy bálsamo en el lugar de tu dolor y quiere sanarte de cualquier enfermedad. Pon tus manos en el área de tu cuerpo en la que sientas dolor o te sientas enfermo y declarate sano ya, por las llagas y en el nombre de Jesús.


Alabemos su grandeza y oremos por los enfermos reportados con Covid 19 en el mundo. Oremos por los médicos y enfermeras, aislados de contacto físico con sus propias familias, para no llegar a contaminarlos. Oremos por la sanidad física y las finanzas de la iglesia, (aunque algunos nos critiquen por ello). Ellas son un medio para avanzar la obra de Dios, bendecir y sostener a quienes le servimos de tiempo completo. No podemos detenernos, ahora más que nunca debemos ser voz de esperanza, una voz bálsamo al dolor de muchos.

¡Quédate en casa!

Te bendigo. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Abrazo fuerte.

Pr. José Ángel Castilla.

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