El hambre y la sed van y vuelven. Todos los días las experimentamos y toca buscar alimento y agua para saciarnos. No existe otra manera de poder llenar esas dos necesidades de todos los seres humanos. Espiritualmente ocurre igual. El salmista pone como ejemplo a un ciervo jadeante y necesitado de aguas para poder calmar su sed. Sólo Jesús proporciona el agua de vida que necesitamos.

Sean buenos o malos los tiempos, nada cambiará esa agua. Jesús es el mismo, ayer, hoy y mañana. Luego entonces, su agua, será más que suficiente para llenar el alma vacía y el corazón solitario. Todo aquel que sienta que perdió el rumbo de su vida, producto de errores tras errores y en la búsqueda de propósito, el caminar espiritual le haya provocado sed, esas son las aguas suficientes para traer plenitud.

El salmista termina diciendo: ¿Por qué estoy desanimado? ¿Por qué está tan triste mi corazón? ¡Pondré mi esperanza en Dios! Respóndele a tu alma inquieta, desanimada, desbordada y seca lo mismo. Habla con autoridad y fe y declara que: “El Señor es tu ánimo, tu alegría y tu esperanza”. No olvides que El no ha terminado contigo.

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Bendiciones. Abrazo fraterno.

Pr. José Ángel Castilla

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