La raíz de amargura de la cual todos hemos padecido sus consecuencias, es algo que contamina nuestro entorno. Al lado de alguien con amargura de alma es muy difícil convivir, ya que siente un peso punzante, como etimológicamente en hebreo significa la palabra. La amargura es una enfermedad emocional, que padece aquel al que le dañaron en algún momento su vida y no pudo volver a levantarse, porque tomó la drástica y nefasta decisión de no querer y poder perdonar, según su propio razonamiento le ha hecho creer.

Por eso el proverbista en éste pasaje, nos enseña que cada corazón conoce su propia historia de amargura, la cual no puede ocultar ni maquillar porque es imposible. ¿Cómo engañarnos a nosotros mismos simulando que no sentimos y que algo no nos duele? Por eso muchos rostros no sonríen, sencillamente por el peso emocional que cargan. Se les encorva la vida y literalmente hasta su columna vertebral, porque hasta dolores fuertes sentirá allí. Los ojos reflejan lo que acontece en el alma y si ésta sufre o se encuentra afligida, eso será lo que mostrará su rostro.

Necesitamos orar y renunciar a la amargura de alma. Pídele al Señor que vierta su amor en las áreas de dolor de tu corazón. Esos lugares oscuros, dañados donde los traumas dejaron perforaciones a quemarropa, con palabras hirientes o situaciones que nunca debimos ver o presenciar. Detrás de una ofensa, hay un causante. Identificar a la persona y lo que causó en nuestro corazón, es el primer paso para perdonar y ser libre.

Escribe la situación de dolor que tu corazón lamenta, y sé libre de lo que te tortura de una vez y para siempre. Dios quiere verte sonreír, porque su amor es el contenido de tu copa. Desecha el veneno que por mucho tiempo contuvo tu corazón y reemplázalo por el dulce jarabe del amor de Jesús.

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Pr. José Ángel Castilla.

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