¡Qué difícil ponerse en los zapatos de un juez!. Ser neutro y no inclinar la balanza hacia el lado que favorezca a quien juzga, para no ser parte, pero tampoco cometer injusticias contra aquel que demanda y espera una respuesta favorable. Así es la justicia humana muchas veces, tardía, injusta y parcial. Quien espera de los hombres, frustrado se queda, porque el corrupto corazón con el que luchamos, siempre busca lo suyo. Con todo y eso Dios nos ama. Separar lo malo de lo bueno es algo que debemos hacer siempre.

Discernir los tiempos, las situaciones y los deseos de las personas, no debe ser ajeno del hombre de Dios que quiere obrar correctamente y en justicia en todo su proceder. Más que ponernos en la mesa del Rey, como nos lo describe proverbios en el pasaje de hoy. Tampoco es condenar, anular o maldecir personas, haciéndolas ver que se han equivocado, sino separar en la mesa de nuestro corazón, lo bueno para hacer y lo malo para frenarnos a hacerlo.

Creo es lo justo y lo correcto. El mejor juez siempre será el Señor. Cuando esperamos en Él, no nos quedamos con las manos medio vacías, porque Dios no hace nada a medias. Aunque sintamos tardanza de su parte, ella tiene también un propósito. No procedamos pues a juzgar con celeridad a las personas, sin pruebas de peso. Quítate la toga que no te sienta nada bien, cuando tu también te has equivocado un sin fin de veces y Dios te ha perdonado.

Quien juzga se olvida que un día estuvo en el papel de acusado y la misericordia de Dios le alzanzó. Que te sobren razones para fluir en compasión y misericordia a favor de quien hoy sufre y está en condición de fragilidad. Dios es bueno y justo, conociendo nuestro pasado lleno de errores, nos amó y perdonó. Así mismo debemos fluir en amor, perdón y justicia a quien a caído y hoy necesita de una mano que se extienda a dar una nueva oportunidad.

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Abrazo fraterno.

Pr. José Ángel Castilla

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