Ser humilde no tiene que ver con la apariencia física, la forma de vestirnos o de hablar. Detrás de esa aparente voz suave o esa ropa desgastada, de quienes erróneamente se catalogan de humildes, se puede esconder una persona tremendamente orgullosa. Hace 20 años participé de un congreso de ministros de alabanza donde en una de las conferencias, el hoy pastor Danilo Montero comparaba al orgulloso con alguien que tenía mal aliento. La analogía explicaba la renuencia en la persona que lo padece y que no quiere reconocerlo. La persona orgullosa, jamás reconocerá que lo es.

La humildad va asociada a reconocer cuando fallamos, a Dios y a los demás. Quién se humilla, un día será exaltado y quién se exalta o jacta de lo que tiene y hace, será humillado. Eso nos enseña el Señor. La humildad es una virtud humana atribuida a quien ha desarrollado conciencia de sus propias limitaciones y debilidades, y obra en consecuencia. Como tal, la palabra humildad, proviene etimológicamente del latín humilĭtas, que a su vez proviene de la raíz humus, que significa tierra.

Pregúntate entonces: ¿Eres o te pareces a alguien humilde?. A Dios no le importa tanto que parezcas, sino que seas. Vale más lo que somos, que lo que hacemos. Parecer muestra una careta falsa que nos ponemos para quedar bien con los demás pero no delante del Señor. Hay un alto valor, en ofrecer un corazón quebrantado y sincero delante de Él. Todos por cuanto fallamos a diario, necesitamos fortalecer las áreas débiles que nos llevan facilmente a pecar. Dios valora el espacio de duelo y arrepentimiento genuino, cuando estamos a solas con El.

En el Salmo del pecador, David registra sus auténticos sentimientos frente a la grave falta cometida cuando codició a una mujer y luego manda asesinar a su marido. El sabía que aunque se había escondido de los ojos de los hombres, del ojo de Dios no podría escapar. Dios te descubre del pecado, no para tu vergüenza sino para tu restauración. Él te cubre con su gracia y te libera de culpa y condenación. Si estás luchando con algo que desagrada a Dios, hoy es un buen tiempo para acercarte y pedirle perdón. Entrega tu debilidad y dile que en tus fuerzas no has podido vencer. El te dará de sus fuerzas y el dominio propio producto de la obra de su Espíritu Santo para vencer.

Te bendigo. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Bendice a tus amigos y familiares reenviando el link de ésta reflexión. Deja tu comentario al final. Abrazo fuerte y feliz fin de semana.

Pr. José Ángel Castilla

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