Nuestra alma le cuesta descansar, a veces es volátil, se intranquiliza, se preocupa, le cuesta creer y no reposa lo suficiente, tal y como el Señor desea que lo hagamos. Hay un gran ejemplo de quietud y nos lo entregó Dios cuando reposó luego de crear todo lo que vemos y a nosotros mismos, en seis días o seis mil años. El Señor descansó y se tomó su espacio para aguardar. Nosotros no podemos trabajar y ser más fuertes que el Señor.

Cuando no reposamos, Dios nos obliga a hacerlo. Es allí cuando vivimos momentos de quietud involuntaria, sea por enfermedad o la pérdida de la fuente de nuestra productividad. Nos toca entonces que la cama o la improductividad temporal nos hable, al somatizar el stress cuando produciamos exponencialmente en el pasado sin pensar en la salud y tener verdadera calidad de vida. Para David el salmista, el Señor era su roca y su fuerza. Sabía que nada ni nadie lo sacudiria. Allí estaba su confianza, reposo y su esperanza. Responde estas preguntas:

¿Sientes que descansas las horas de sueño suficientes? ¿Tomas espacios para detenerte, meditar, reposar y hacer preguntas? ¿Estresas a tu entorno familiar y social, robándoles la paz?

Evalua esto que nos pregunta el Señor y piensa en cómo llevas tú vida. Deja de correr tanto, solo pensando en cumplir una meta numérica, pero no te pones una meta espiritual de crecimiento. Te falta reposar en la presencia del Señor. No podemos creer más a lo que nos hablan los problemas, que al Dios que da las soluciones a los mismos. La vida agitada es como intentar perseguir y atrapar al viento.

Todo tiene su tiempo debajo del sol. Hay espacio para producir y bendecir a otros con lo que tienes, pero sé equilibrado con tus aspiraciones, no sea que por amor al dinero, termines perdiendo todo. Algunos corren como si el dinero se les fuera a acabar y les ataca el pensamiento que si no ganan más, se les acaba la vida. Eso a la postre les lleva a enfermar y: ¿Todo lo que nos ganamos para que va a servir? R/ Para medicinas.

Replantea tu agenda y toma tiempo para descansar, recrearte, apartar buenos momentos de tiempo de familia, jugar con tus hijos, estar presente cuando un ser querido enferme, salir de vacaciones y respirar un aire nuevo (no olvidando que aún estamos en pandemia y debemos seguir con los protocolos de bioseguridad). No hay cosa más desmotivante, que la rutina diaria sin cambios en tu vida. Oblígate a reposar. Recuerda que El no ha terminado contigo. Dios te bendiga.

Pr. José Ángel Castilla

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