Seguimos a un Dios de verdad, en quien no hay sombra de variación o engaño. Si el Señor es el camino, la VERDAD y la vida, nada que tenga que ver con falsedad o mentiras debe de caracterizarnos. A todos, aunque nos incomode escuchar la verdad de áreas frágiles o en proceso de madurez y situaciones pecaminosas con las que luchamos, no tenemos por qué incomodarnos. Si alguien maduro y temeroso de Dios nos confronta, no debemos molestarnos, ni evadir la conversación, cambiar el tema, tornarnos agresivos y ofender a quien Dios utiliza para llamar nuestra atención y encauzar nuestros pasos hacia el camino correcto.

¿Qué sientes al verte descubierto o confrontado por alguien? Quizás no sea grato que se nos caiga la falsa coraza de fuerzas propias que esconden nuestras más profundas inseguridades y áreas no tratadas por el Señor. Nunca será cómodo ser auscultado por un médico, si nos toca desvestirnos y mostrar nuestra desnudez. Imagínate que ese médico es Dios, revisando cada parte de lo que el mismo creó de ti y que conoce su funcionamiento y estado, mejor que nadie.

¡Es así como nos necesita Dios! Sin vestidos de mentira o de falsedad, sin ropas sucias de hipocresía o telas tinturadas de apariencias. Mi personaje favorito luego de Jesús en la Biblia es David y en uno de sus momentos más difíciles de su vida, confesó su pecado a Dios, al verse confrontado por el profeta Natán. De su historia, debemos aprender a no encerrarnos en nuestros palacios de mentiras y de apariencias. Blindados en luchas mentales de pensamientos y viviendo con un corazón cauterizado. Allí en nuestros ocios y desenfoque espiritual, aunque no dejemos ingresar a nadie, DIOS ENTRARÁ y nos desnudará el corazón.

Confiesa al Señor tus pecados y errores, no te justifiques. Arrepiéntete genuinamente, pídele ser restaurado y que vuelva a tu corazón el gozo perdido producto de fallarle. Agradece los medios que utiliza para confrontarte y retornar a sus caminos. Sus brazos de amor serán el mejor lugar donde podremos estar luego de deambular en caminos sombríos. Dios no ridiculiza ni exhibe a nadie. Su restauración será en amor. Los hombres producto del dolor tendemos a señalar con el dedo, las faltas de los demás.

Somos igual o peor que los fariseos, crucificando errores ajenos, pero jamás capaces de crucificar los propios. Arregla con el Señor los asuntos privados de tu vida que no marchan bien, para que la consecuencia de los mismos no traiga dolor y amargura haciéndose públicos, por no arrepentirse a tiempo. Antes de señalar a alguien, primero mírate en el espejo de la palabra del Señor. Recuerda que El no ha terminado contigo. Suscribete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada.

Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final. Abrazo fraterno.

Pr. José Ángel Castilla

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