Estudiando la palabra del Señor y mirando la alegría con la que que un bebé es recibido en un hogar cuando nace, me lleva a reflexionar sobre la forma en la que nos observamos a nosotros mismos y cobramos ánimo al descubrir la forma en la que nuestro Padre celestial nos ve. Es por eso que necesitamos abrazarnos a la identidad en Cristo, la cual responde a la pregunta: ¿Quién soy? Te leo en los comentarios con tú respuesta. ¿Si no nos vemos como Dios nos ve, cómo nos vemos nosotros entonces?

El nacimiento de mi hija, fue el evento de amor y entrega de la herencia que Dios me dio para cuidar, formar y lanzar como saeta. Qué gran responsabilidad la que tengo como padre. En eso debo esforzarme y automotivarme permanentemente, a no olvidarlo sin desenfocarme. Dios nos entregó un rol paterno y esa labor, nadie la hará mejor que nosotros, por eso es intransferible. Los padres deberíamos ver a nuestros hijos, como Dios nos ve. Un niño nace para ser amado, protegido y nutrido. Desde pequeños debemos esforzarnos en sembrarles la fe en Cristo Jesús y modelar como padres el amor de Dios y lo que vemos en él.

La generación de adultos jóvenes que se levanta hoy, ha cambiado ese diseño divino. Vemos a mujeres que no quieren tener hijos y no se quieren someter a la autoridad de los hombres. Prefieren levantarse como cabezas de familia, tan autosuficientes emocional y físicamente, que determinaron no rendirle cuentas a nadie y menos a un hombre. Dios diseñó a la mujer para que tuviese una cabeza y no precisamente serlo ella. También vemos al hombre debilitado en su rol, que no le ha importado entregar su propia autoridad a la mujer y terminar sometido. Por eso debemos restaurar el orden divino y enseñar a nuestros hijos el valor de la identidad en Cristo.

Instemos entonces a nuestros hijos amarse a sí mismos, bajo el manto de amor y autoridad del Señor, no el patrón equivocado que dicta el mundo. Enseñemosle también a mirar hacia arriba y ver a Dios como su fuente inagotable, porque nosotros como padres no estaremos para ellos toda la vida. Proveamos no sólo dinero para nuestros hijos, sino presencia en los momentos claves de la vida, afirmación y aprender a creer en ellos. Alguien necesita descubrir los talentos y habilidades que tienen nuestros hijos y así lanzarlos al mundo.

A través del lente de Dios, podemos ser vistos como realmente fuimos creados y diseñados. Mírate a ti mismo y a tus hijos, de la misma manera. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla

2 comentarios

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