Hace cerca de veinte años viajando entre Cúcuta y Bucaramanga (dos ciudades del Oriente colombiano), fui testigo de un accidente en el que un vehículo dio vueltas en una carretera bastante peligrosa y llena de curvas. Vi salir de aquel auto, a dos jóvenes heridos que tenían muchos golpes y heridas en su cara y cabeza. Al acercarme al carro accidentado, reconocí que el día anterior el conductor del mismo, me había ofrecido viajar con él y después me dijo que ya no había cupo para mi. La persona que iba a viajar finalmente no lo hizo y el cupo estuvo disponible para mi, pero no pudieron comunicarse conmigo.

Pude haber estado entre los accidentados graves dentro de aquel auto e incluso morir. Ese medio día cambiaron muchas cosas en mi vida para siempre. Vi la fidelidad de Dios y su protección permanente. Terminaba un congreso en donde el Señor me ratificaba a qué me habría de dedicar el resto de mi vida y luego de varios días de instruirme, me llevaba al campo de batalla usandome como buen samaritano para auxiliar a aquellos jóvenes y llevarlos hasta el lugar más cercano donde pudieran ser atendidos. Recuerdo que el conductor de un vehículo desconocido, se acercó y me ofreció llevarme a mi y a los accidentados hasta la clínica más cercana en la ciudad de Bucaramanga. En cada paso que di, vi a Dios guardando la vida de aquellos jóvenes que nunca vieron mi rostro.

Era tanta la sangre producida por las heridas que había llegado a sus ojos, que sus pestañas se pegaron y se les cerraron. Nunca vieron el rostro de quien los auxilió. Todo el tiempo de recorrido entre el lugar del accidente y la clínica, hablaron y oraron conmigo pero nunca me vieron. Estuve allí hasta que informé a sus familiares por teléfono de lo sucedido y también cuando los médicos intervinieron sus traumatismos. Ha sido el más grande y bonito acto de servicio que he realizado, a favor de personas desconocidas y en extrema necesidad. Ese accidente me enseñó a ser servicial, compasivo y misericordioso. Así mismo a no sentir asco por la sangre y ser movido por el amor hacia la gente

Déjate usar por el Señor para ser el buen samaritano, a favor de alguien. Alguien necesita que le cures sus heridas emocionales o quizás físicas también y que lo lleves a un lugar seguro y cuides de él. Así como Jesús ha hecho contigo, muévete en ese espíritu de servicio hacia alguien más. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba un nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla

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