El desapego es el acto más doloroso y elevado del amor incondicional.
Duele y mucho, porque hay que soltar lo que decimos y creemos amar. Ese apego erróneo, ese dolor mental no es dolor, sino sufrimiento. Lo que realmente nos lleva a sufrir, es el miedo alimentado por el ego y la creencia arraigada en una posible pérdida. En el fondo es una posesión que no existe y que no es real. Nunca podremos poseer lo que no es nuestro, lo que nunca fue y que nunca lo será. Bajo esta premisa, no nos pertenecen nuestros padres, ni nuestros amigos, ni nuestra pareja y ni siquiera nos pertenecen nuestros hijos. Nuestros hijos no los podremos obligar emocionalmente, meterles culpas y obligarles a cargar con uno en la vejez.

Nuestros hijos son libres y un día serán independientes. Tendrán su propio camino por recorrer, al igual que un día nosotros recorrimos uno. Por tal razón, no hay que subyugar la felicidad de unos hacía los otros.
Si no somos felices primero con Dios, no lo seremos con nadie. Sentiremos entonces un horror a la soledad y experimentaremos la amargura, de no habernos enamorado y casado.
El apego es el controlador de todos los tiempos, porque te ancla en un presente ausente. El desapego te mantiene en el aquí y el ahora.

Es necesario soltar al otro, sabiendo que pase lo que pase, estaremos bien. Desapegarse duele, porque nos enseñaron que éramos alguien, si teníamos posesiones de todo tipo, incluyendo a los demás «seres humanos», los cuales queremos poseer o controlar, olvidando que ellos tienen pensamiento y necesidad de amar.
La independencia afectiva, es el mayor regalo que podemos hacernos y darlo también a nuestros seres amados.
Cuando lo logramos, podemos decirle a Dios, que por fin alcanzamos la verdadera y plena libertad, pues conocer la verdad nos hace libres. El Desapego es el acto de desprendernos de las cosas con agradecimiento. Dios quiere que recibamos lo mejor y en abundancia.

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Pr. José Ángel Castilla.

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