La presencia de Dios, su plenitud y su carácter no son sólo para alimentar nuestro conocimiento intelectual. Es posible tener mucho conocimiento de la Palabra de Dios y conocer sus atributos, pero sin la acción del Espíritu Santo; esto no tendrá el efecto que el Señor dispuso para nuestra vida espiritual, emocional y física. La vida cristiana es una vida de fe y no sólo de experiencias emocionales. Si tan sólo dependemos de ellas, será muy difícil o más bien imposible apropiarnos de nuestra herencia. Con el Espíritu Santo morando en nuestro ser, se abren puertas a una vida sobrenatural, donde los milagros, señales y prodigios hacen parte del diario vivir. La verdadera felicidad y la plenitud se hacen compañeros inseparables de nuestra existencia.

En el momento en que Cristo llegó a nuestra vida, el Espíritu Santo vino a morar en nuestro ser, trayendo orden y armonía a nuestra personalidad y respuesta a nuestros conflictos. Éste proceso se prolongará durante toda la vida. La base de esto es la nueva relación de Padre e hijo, que se establece entre Dios y todos aquellos que voluntariamente le hemos aceptado y dejado que gobierne en nuestra vida. El Espíritu Santo está en nosotros, nuestro cuerpo es su morada y su permanencia es eterna e incondicional.

Una relación así pone fin a la búsqueda insaciable del hombre: ¡Nunca más estaremos solos! Una de las cosas con las que se amargan muchas personas solteras es el miedo precisamente a quedarse solas. Necesitan comunión con el Espíritu Santo para que gobierne esas emociones y satisfaga todo vacío y soledad. Mientras menos alimentemos esa búsqueda más sólos y carentes de afecto y necesidad urgente de los demás necesitaremos. Sentirnos hijos de un Padre y Dios eterno, nos permite reconciliarnos con nosotros mismos y con la familia, la sociedad y el mundo que nos rodea. Es necesario entender, que por ser ahora morada de Dios, estamos llamados a vivir una vida de santidad y de integridad; para agradarle, honrarle y posicionarlo como la fuente eterna de nuestra felicidad.

Nuestro ser ha sido enriquecido con su presencia, y nuestra valía se ha elevado; por esta razón, no vivas para vangloriarte a ti mismo. No desprecies el inmenso privilegio de la misericordia de Dios.
Aprópiate por la fe de la llenura del Espíritu Santo y entiende que el alto precio pagado por tú felicidad, ahora se ve reflejado en esta presencia permanente de Dios en nuestro ser. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla

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