¿Te imaginas ser Dios por un día y te lleguen los ruegos y peticiones de todo el mundo? ¡Qué locura! No tenemos la capacidad de procesar como seres humanos todas las necesidades y problemas de la gente, las 24 horas del día. Si deseas la ilustración perfecta de lo que estoy diciendo, tienes que ver a Jim Carrey en la película Bruce Todopoderoso. Literalmente vemos el desastre que somos los hombres, cuando por ligereza, facilismo y egoísmo, pretendemos ser Dios, aunque sea por un momento. ¿Qué petición le has hecho a Dios, en la que has recibido un «No» como respuesta?

Por mucho que queramos algo y lo pidamos a Dios, no significa que Dios vaya a responder con un «Si». Habrán instantes donde sentiremos su silencio y otros donde un NO será parcial o definitivo en Su respuesta. La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta. La nuestra es corrupta, carnal, caprichosa y egoísta. Por esta razón se hace necesario entregar el Señorío total y absoluto a Jesucristo para que sea Él creciendo y nosotros menguando.

Allí está el secreto. Morir a nuestra voluntad, y comenzar a ser controlados por el Espíritu Santo. Quien no es controlado por él, lo mueve su carne, su modus operandi en la vida es la experiencia personal pero no la Palabra de Dios. Una tarde mientras recogía a mi hija del colegio, con algo de temor natural le enseñé como opera la caja de cambios del carro y me decía que quería aprender a conducir. Le respondí que todo tiene su tiempo y que ese momento llegará. Un «No» de Dios, no significa que nunca nos responderá o que no nos dará lo que anhelamos, sino que «aún» no es el tiempo perfecto.

Un día mi hija aprenderá a manejar un vehículo, cuando llegue el tiempo indicado. De igual manera, aunque hayas recibido un «no» de Dios contundente o temporal. Aprende a aceptarlo y seguir caminando en fe, tomado de Su mano. Recuerda que Él no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla