El celoso y molesto rey Saúl escogió a 3000 de los soldados selectos de Israel y salió con ellos a perseguir a David en el desierto de Zif, describe la Biblia. Recordemos cómo Saúl decide perseguir a David para matarlo, porque había derrotado al gigante Goliat y las mujeres de la época lo elogiaban en sus canciones más que al mismo rey. Es peligroso gobernar con un corazón dañado, paranoico y desconocedor de la hazaña que había logrado el salmista enamorado de Dios como lo era David, al derrotar al gigante filisteo, al que ni el rey ni ningún soldado del ejército que lideraba, tuvo el valor de enfrentar. Increíble movilizar un ejército de 3000, sólo para asesinar a un joven pastor y adorador, que obedeció a su padre cuidando ovejas, pero también llevando alimento a sus hermanos cuando Goliat se mofaba y se creía más fuerte que todo el mundo.

En ésta oportunidad David se escondía y cuando se entera de que Saúl había venido al desierto a perseguirlo, envió espías para verificar la noticia de su llegada. Era tal su valentía, que una noche pasó desapercibido al campamento de Saúl para echar un vistazo. El perseguido ahora pasó a tener toda la oportunidad de poder asesinar y vengarse del celoso rey, porque lo encuentra a él y a sus guerreros. A veces pensamos que Dios nos entrega oportunidades de vengarnos, de las personas que más nos han hecho daño y esto no es así.

Partamos del hecho de que ningún acto de venganza que sintamos contra otros, proviene de Dios, porque de él nace la justicia y nadie puede justificar el dolor, para armarse y dañar a los demás. Encontrar a tu enemigo en condición de fragilidad no implica alegría. El corazón de un hijo de Dios, debe mostrar misericordia y respeto hacia sus escogidos y también a la autoridad por él establecida. El apóstol Pablo en la carta a los romanos, nos habla acerca de ese establecimiento de las autoridades, a las que que debemos someternos y obedecer.

Gritar, ofender, agredir verbal o físicamente, nunca serán solución para resolver un conflicto personal, laboral o familiar. Te invito a soltar las armas carnales de milicia que portas y las rindas a Dios Padre. Aprende de la humildad de David y perdona a tus perseguidores cualesquiera sean sus nombres y situaciones que enfretaste con ellos. Si hoy persigues a alguien por causa de celos o envidias, pide perdón a Dios y procura tener una sana relación con aquellos a quienes dañaste. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación, cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final, en la caja respectiva al final de éste articulo. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla

1 comentario

  1. Muy oportuna reflexión en los tiempos que vive el mundo; también me recuerda el pasaje donde Pedro le corta la oreja a Malco y Jesús se la restaura. Ser un pacificador cuesta en nuestra propia carne, pero de la mano del Espíritu Santo, todo es posible

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