Cada año José y María, padres de Jesús, iban a Jerusalén para el festival de la Pascua. Cuando el niño tenía doce años, asistieron a esa gran fiesta como siempre. Tan pronto terminó la celebración, se regresan hasta Nazaret, pero Jesús se quedó en Jerusalén. Cuán difícil es para cualquier padre, que un hijo se le extravíe en algún lugar público y mucho más si esto ocurre en otra ciudad. Hace diez años experimenté algo así, cuando mi hija de cinco años fue tomada de la mano de mi sobrina que para esa época tenía once. Se devolvieron de los controles de seguridad del aeropuerto los cuales habíamos acabado de pasar. Ha sido uno de los sustos más grandes que me he llevado en la vida, al pensar que mi hija y sobrina se habían extraviado y en la búsqueda de ellas, de paso perder el vuelo que estábamos a punto de tomar. Cuando te trasladas al «extravío» de Jesús en Jerusalén, lo primero que se me viene a la mente es la total humanidad y no divinidad de José y María, como la tradición religiosa popular nos ha hecho creer. Primero se les pierde el niño y luego la preocupación de no saber dónde se encontraba. ¡Dios no se preocupa nunca!

Dios no se preocupa, ni tampoco se le extravía ninguno de sus hijos, y mucho menos SU UNIGÉNITO Y SALVADOR DEL MUNDO. Todo porque Él es Dios y A ÉL NADA SE LE SALE DE CONTROL. A diferencia de José y María, que no se dieron cuenta de su extravío, porque creyeron que estaba entre los otros viajeros. Por tal motivo y dado que ya era de noche, comenzaron a buscarlo entre sus parientes y amigos como era costumbre, cuando se transitaba en grandes caravanas. Pero pasaron TRES DIAS, cuando finalmente encuentran al niño, HABLANDO ENTRE LOS MAESTROS de la época. Lo encuentran escuchando y haciendo preguntas a los eruditos religiosos en los atrios del templo. Vemos aquí cómo Jesús siendo aún un niño, su destino estaba más que marcado y caminaba hacia ello. Compartía entre maestros con la autoridad que en él estaba, siendo UN MAESTRO ENTRE LOS MAESTROS.


Como cristianos debemos procurar impartir destino en nuestros hijos, es decir, enseñarles el propósito que Dios tiene para cada uno de nosotros. No nacimos, respiramos, crecimos y nos hicimos hombres porque sí. Hay un plan perfecto de Dios concebido para cada uno de nosotros, desde antes de la creación de éste mundo y es el de que conozcamos e intimemos con nuestro creador a través del conocimiento y revelación de nuestro Señor Jesucristo. Busca en tu vida conocer, preguntar, capacitarte en crecer en el conocimiento de la escritura. Allí se te revelará Cristo Jesús a través de Su lectura y te enamorarás de Él. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de esta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final del blog. Abrazo fraterno para todos y feliz inicio de semana.

Pr. José Ángel Castilla

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