Cuán triste y traumatizante a nuestras emociones, es el hecho que un padre nos niegue y nunca nos reconozca legalmente como su hijo. Todos los padres cuando nuestros hijos nacieron, recibimos por ley, la patria potestad sobre ellos. Sólo un juez de familia, dentro de un proceso de privación de patria potestad, será quien determine, si resulta viable o no para un niño ser privado de ella. No hay algo más motivante y que entregue más seguridad e identidad a un hijo, que saberse a qué familia pertenece y quienes son sus padres. A sus 30 años Jesús toma la decisión de bautizarse e iniciar su vida pública, sirviendo al Padre. Es hermoso el gesto de Jesús, al aceptar un bautismo en aguas, en el que públicamente debía confesar pecados. Él simplemente oró y se identificó como un pecador indigno. Quien ama a Dios, goza de identidad plena en Cristo. En la cultura judía, las palomas eran consideradas tiernas y afectuosas. Al momento de bajar a las aguas del Jordán, desciende el Espíritu Santo como sello de la promesa en forma corpórea de paloma, para indicar lo delicado y sensible del Espíritu que estaba descendiendo.

No alcanzo a imaginar a Jesús haciendo fila para ser bautizado, cuando todos en el pueblo estaban haciendo lo mismo. El cordero de Dios humillado a más no poder, para identificarse y entender el pecado de toda la humanidad por la que se entregó, sin haber cometido ninguno. Es entonces el Espíritu Santo de Dios quien confirma, sella y bendice nuestra identidad. Por eso desde el cielo se escuchó esa voz que pronunció la frase que dio nombre a la entrada de hoy: ¡Tú eres mi hijo! Es de absoluta y total complacencia para el padre, reconocer al Hijo en ese momento tan especial. Debía proclamarse entonces y decirle a todos, quién se estaba bautizando y anunciar con bombos y platillos, el inicio de su ministerio. ¿Qué padre no hace ruido ante los logros de sus hijos? La persona del Espíritu Santo, confirma quien es Jesús, arrancando así tres años de ministerio terrenal, cumpliendo el propósito del Padre.


Hoy Dios te recuerda que eres su hijo, a través de la fe en Jesucristo. Si no tenías motivos para sonreír y avanzar, no olvides quién eres y de quien eres hijo. Somos herederos y ricos en dones y sabiduría espiritual. Esa de la cual adolecen muchos poderosos y magnates de la tierra, que para ser piensan erróneamente, que es necesario tener. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación en tu correo electrónico, cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de esta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final del blog. Abrazo fraterno para todos y feliz fin de semana.

Pr. José Ángel Castilla

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