Perder la motivación


Cuando perdemos la motivación empezamos a sentir, que las fuerzas nos abandonan y muchas de las actividades que antes nos motivaban y animaban, pierden su atractivo. Junto con la desmotivación aparece la apatía y la tristeza. Definimos motivación como el estado interno que dirige nuestra conducta, para lograr determinadas metas o satisfacer ciertas necesidades. Cada vez que hacemos planes o sentimos una necesidad, la motivación se convierte en un motor que nos impulsa a emprender. A diferencia de la desmotivación, en la cual carecemos de razones para guiar nuestro comportamiento. Estar desmotivados es perder el entusiasmo, la disposición y la energía para llevar a cabo determinadas actividades. La desmotivación es un sentimiento de desesperanza y pesimismo que surge cuando nos enfrentamos a determinados obstáculos. Tenemos que cuidarnos que no nos limitemos y nos llegue a bloquear en el plano emocional.

Cuando estamos desmotivados perdemos el interés por satisfacer necesidades básicas como comer y albergamos pensamientos negativos sobre nosotros mismos, como el fracaso y desestimamos nuestras propias capacidades. Alguien desmotivado se vuelve irritable, llegando a cambiar su estado de ánimo, disminuyendo el umbral de tolerancia a la frustración. La desmotivación nos quita el buen descanso, sentimos Un desmotivado puede llegar a sentir miedo, presiones diversas, aburrimiento, problemas laborales, escolares o matrimoniales. Identifica cuál es el desencadenante de tu desmotivación y eleva tu mirada al cielo, allí tienes una fuente eterna de esperanza, fuerzas y creatividad.

No permitas que tus pensamientos negativos hagan nido en tu cabeza y te lleven a tomar decisiones equivocadas por rabia o acelerarte en buscar una salida pronta. Siempre que te sientas desmotivado, la Biblia tendrá una palabra para motivarte y es allí cuando debemos correr a buscar respuestas y promesas de Dios a nuestros sentimientos negativos. No te rebajes en creerte error de nadie en esta vida, porque Dios no se equivocó al concebirte. Asume tus responsabilidades y pide perdón al Señor por lo mal que hayas pensado de alguien, a quien quizás culpes injustamente de lo que te ocurre. El Señor es tú luz y salvación, no temas ni te dejes llevar por el desánimo y la desmotivación. Él te guardará de cualquier amenaza que busque hurtar tu paz. Recuerda que Dios no ha terminado contigo. Suscríbete a este blog y recibirás notificación cada vez que suba una nueva entrada. Reenvía el enlace de ésta reflexión a tus amigos y familiares. Deja tu comentario al final del blog. Abrazo fraterno para todos.

Pr. José Ángel Castilla

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